Pátzcuaro
*La libertad de expresión no existe para proteger las opiniones populares, sino aquellas que incomodan al poder
Marco Aguilar
Hoy al mediodía tuve la oportunidad de conversar con el periodista Jorge Hidalgo, a través de los micrófonos de Stereo 100, sobre una situación que nunca debería convertirse en noticia: los ataques, insultos y descalificaciones dirigidos contra un ciudadano por expresar opiniones críticas sobre asuntos públicos.
Agradezco sinceramente el espacio brindado por Jorge Hidalgo y por Stereo 100, así como el interés y la solidaridad expresada por diversos medios de comunicación, periodistas, colegas, amigos y ciudadanos que han considerado importante abordar este tema desde una perspectiva más amplia que la simple anécdota personal.
Porque, en realidad, este asunto no trata sobre Marco Aguilar.
Trata sobre algo más importante: la manera en que una sociedad responde a quienes piensan diferente.
Durante la entrevista insistí en una idea que considero fundamental. La crítica pública forma parte de la democracia. El desacuerdo es legítimo. La confrontación de ideas es incluso necesaria.
Lo que resulta preocupante es cuando los argumentos son sustituidos por insultos, cuando el debate es reemplazado por la ridiculización y cuando la descalificación personal ocupa el lugar que deberían tener las razones.
Los ataques recibidos en redes sociales fueron documentados oportunamente. Las publicaciones fueron denunciadas ante la plataforma y finalmente retiradas. Sin embargo, más allá de la eliminación del contenido, permanece una pregunta de fondo: ¿qué tipo de convivencia pública estamos construyendo cuando la diferencia de opinión es respondida con odio, humillación o agresión?
También señalé que estos hechos no ocurren en el vacío. Existe un contexto previo en el que las voces críticas han sido descalificadas desde distintos espacios públicos y mediáticos. Las palabras tienen consecuencias.
Cuando desde posiciones de influencia se presenta al disenso como una molestia, una amenaza o una actitud indeseable, se contribuye a crear un ambiente donde la agresión parece justificarse.
No corresponde a los ciudadanos determinar responsabilidades que deban ser investigadas por las instancias competentes. Pero sí corresponde señalar que la calidad de la vida democrática depende, en gran medida, de la capacidad que tengamos para respetar a quienes piensan distinto.
Pátzcuaro enfrenta desafíos reales y profundos: la conservación de su patrimonio, el deterioro de sus espacios públicos, la transparencia en la gestión pública, la participación ciudadana y la construcción de un futuro compartido.
Ninguno de esos problemas se resolverá mediante insultos.
Ninguno mejorará expulsando simbólicamente a quienes opinan diferente.
Ninguno encontrará solución si la agresión sustituye al diálogo.
Por ello, más que hablar de ataques personales, prefiero aprovechar esta experiencia para agradecer a quienes siguen creyendo en el valor de la palabra, la discusión respetuosa y el periodismo comprometido con el interés público.
La democracia no se fortalece cuando todos pensamos igual.
Se fortalece cuando somos capaces de convivir, debatir y discrepar sin dejar de reconocernos como miembros de una misma comunidad.
Y esa sigue siendo, quizá, la conversación más importante que Pátzcuaro tiene pendiente.

