Ángel Dehesa Christlieb
La belleza tiene, sin duda, la capacidad de sorprendernos y surgir por donde menos lo espera uno.
¿Y ahora éste?
Muy contentito para ser lunes, fin de mes y en horas poco cristianas, dirán mis estimados lectores, quienes, como yo, comienzan la semana con la esperanza puesta en la selección nacional, porque en el gobierno… no creo.
Pues sí, queridos y queridas, yo estaba de lo más dispuesto a comenzar este lunes de luna llena recordando y recordándosela a nuestra variopinta baraja de funcionarios, los cuales siguen acumulando pifias, omisiones y francos delitos, todo desde la convicción de que, mientras los pupilos del Vasco sigan su camino en el Mundial, a nosotros se nos van a olvidar sus trapacerías.
No pasará.
Guardadito les tengo lo de las múltiples denuncias por la falta de alimentos en los hospitales psiquiátricos, lo cual intentan resolver mostrando un papelito y diciendo: “ah, pero miren, ya tenemos la licitación para que se los surtan, nomás no se los han entregado, pero de que ya lo licitamos, ya lo licitamos.”
Como diría Supercán: “no, pos guau.”
Son como el cuate que nos debe lana y, el día que se la cobramos, nos dice que la semana que viene, sin falta, nos paga porque le apostó a la victoria de Cabo Verde sobre Argentina y, con los momios que hay, no solo pagará sus deudas, sino que se retirará a vivir de sus rentas al citado archipiélago africano.
Así hemos vivido los últimos dos periodos presidenciales… de promesas, papelitos firmados y pagados (con nuestra lana) por adelantado.
Los resultados concretos… ya mero, pero no se pongan exigentes, acuérdense que “no somos iguales y el PRIAN robó más.”
Este ejercicio mañanero de vaciado de piedritas acumuladas en el buche continúa con una pregunta, concreta y rápida, en la mejor tradición de Samuel L. Jackson en Pulp Fiction.
Señores de Pemex ¿tenemos cara de tarados?
Solo así se explica la respuesta de la semana pasada a la denuncia de Francisco Barnés de Castro, quien puso la mirada pública en el “¿dónde quedó la bolita?” que se traen ustedes a la hora de comparar las cifras de barriles de crudo extraídos y la de barriles refinados.
“Es falso porque no coincide con nuestras cifras oficiales”, dice su comunicado.
Y ya, con eso nos tenemos que conformar.
¿Cómo se nos ocurre pensar que si alguien de la paraestatal fuera cómplice del robo de 100 mil barriles diarios de petróleo (cifra reportada por Barnés en su análisis), ese alguien sería tan perverso para no ponerlo en los reportes que ellos mismos hacen?
Robarse petróleo, vaya y pase, pero falsear los números, eso si que no.
“No somos iguales”.
Esta falsa premisa de que a ustedes nomás por ser ustedes, les tenemos que creer, a pesar de que la realidad nos demuestre lo contrario, la cual nos quieren inculcar a fuerza de mañanerazos, no se las creo.
Hagan auditorías independientes, investiguen a fondo, dejen de reservar como datos de “seguridad nacional” hasta las cuentas del súper y, a lo mejor, entonces confiaré en ustedes.
En fin, de todo eso quería escribir y dejar que la bilis aflorara, verdosa y ebullente a mis letras, para arrancar la semana como agua para chocolate.
Y, de pronto, a las tres de la mañana, en una sala de espera del aeropuerto me encuentro con un piano, colocado entre una tienda y el VIP Lounge, el cual está abierto para que cualquiera pueda tocarlo y, aunque en las casi dos horas que llevo aquí nadie se ha animado al palomazo, el hecho de que alguien lo haya pensado y llevado a cabo restaura mi fe en la humanidad.
Ya sé, me contento con muy poco y espero que así sea siempre.
Si nadie lo hace cuando acabe de escribir, me voy a refinar “Oh Susana”, con un dedo y como salga, nomás para que no lo vayan a quitar.
Ya mañana les cuento a dónde voy y a qué.
Buen lunes para todos.

