Me lo hago fácil

Ángel Dehesa Christlieb

“A modern day warrior,
mean, mean stride.
Today’s Tom Sawyer
mean, mean pride.”

Hace 37 años que escuché esta canción por primera vez.

Era 1989 (para que no tengan que ir a buscar la calculadora) y, gracias a la generosidad de mis tíos y de mis padres, yo cursaba el primer año de preparatoria o el segundo de “high school”, en Dallas, Texas, en casa de mi tía Isabel y mi tío Vicente, quienes habían accedido a recibir al bodoque que venía del sur de la frontera.

Meses antes, mi tía Isabel le habló a su hermana, mi mamá y le dijo “este es el último año de prepa de Vicente, mi hijo, o sea, es el último año que me levanto temprano, lo llevo a la escuela, no sé dónde vaya a ir a la universidad, así que, si Ángel quiere venir a pasar un año aquí con nosotros, es ahora o nunca”.

Mis papás lo hablaron entre ellos y Germancito, superando la aversión que, como buen universitario de los 60, le inspiraba el vecino país del norte en general y los Dallas Cowboys en particular, accedió a enviar a su primogénito al estado de la Estrella Solitaria, en un fichaje que ríanse de Lebron James.

Nunca supe si, para endulzarle el trato, le ofrecieron unas latas de chile con carne y un sombrero Stetson, tipo Lorne Greene en “Bonanza”, además de un jorongo como los que usaba Clint Eastwood en las películas de Sergio Leone, pero el hecho es que, con la venia de mis padres, yo llegué a Dallas, a finales de julio del 89, matriculado en la Jesuit College Preparatory School.

Para alguien que había estudiado toda su vida en el Colegio Madrid, institución de alumnado mixto, más bien liberal y relajada en muchos temas (académicamente excelente, eso sí), fue un gran contraste el llegar a una escuela de puros hombres, de saco, corbata y donde te daban un manual donde te decían, entre otras cosas, que no podías “dormir en clase”, algo que no se me había ocurrido hacer hasta que leí que se podía.

Me llevé muchas cosas extraordinarias de ese año en Texas, entre ellas la cercanía con mi primo, hijo único y lo más cercano a un hermano que tuve hasta entonces, la conciencia de que la ropa, los platos y los pisos no se lavan solos, algunos rudimentos de cocina y, sobre todo, el principio de lo que sería y sigue siendo un tórrido romance con la música.

La única organización donde había mujeres en la escuela era la banda, esa que marchaba en el medio tiempo de los juegos de futbol americano y, en el invierno, se transformaba en una pequeña orquesta, además de que, mi primo era el capitán de la sección de percusiones y, si tocabas en ella, no tenías que tomar clase de educación física.

Con todos esos incentivos, por supuesto que me inscribí y me asignaron un saxofón, cuya digitación se parecía, levemente, a la de la flauta de pico que nos hacían tocar en la secundaria en México.

A tocar, tocar, no aprendí mucho, pero me divertí como enano, conocí a Mr. Tolle, el director de la banda, que era igualito al papá de Sheldon. Un educador comprometido con sus estudiantes, que me tuvo mucha paciencia y afecto, me enamoré del jazz, de la música clásica y me di cuenta de cómo se pueden reunir varios seres humanos a crear belleza si así lo deciden.

En medio de todo esto, mi primo Vicente, me puso un cassette (googléalo millenial), llamado “Moving Pictures” de Rush, el cual comenzaba, precisamente, con Tom Sawyer, la canción cuya letra abre este texto.

Mi vida fue otra.

Peart, Lee y Lifeson, me abrieron los oídos y la imaginación con su música, especialmente el primero quien, además de su virtuosismo tras los tambores, era quien escribía las intrincadas y punzantes letras, las cuales, como escritor en ciernes me hablaban y me hablan con mucha fuerza.

Hoy que estoy aprendiendo a tocar el bajo, también me doy cuenta del prodigio que es la mano derecha de Geddy Lee, además de lo amable que es como persona y más respeto y admiración les tengo.

Fue en esos días que Rush vino a Dallas con la gira de su disco “Presto”, uno de los que más me gusta y mi primo me preguntó si quería ir con él y con sus amigos, obvio tendría que pagar mi boleto y… yo dije que no, porque quería comprarme la colección completa de los cómics del Capitán Zanahoria.

Y no fui… todavía tengo los cómics, por cierto.

Ya después, mucho después, yo vi a Rush solo en México, pero se me quedó el gusanito atorado.

Mi primo sigue viviendo en Dallas se casó, tiene cuatro hijos, la más pequeña es mi ahijada y toca la batería de su papá.
Neil Peart se murió en 2020 y pensé que el poder verlos en el escenario con Vicente era una de esas cosas que ya nunca se podrían dar.

La vida, Geddy Lee y Alex Lifeson y mi primo tenían otros planes.

Hoy por la noche, en la Dickie’s Arena de Fort Worth, pago una deuda de 37 años, gracias a mi primo, que me disparó el boleto, a Rocío su esposa que me recibe con mucho gusto cuando me aparezco por aquí, a mi ahijada Inés, que me cede su cuarto, a mis tíos Isabel y Vicente y a mis papás (mañana es cumpleaños de Germancito) sin cuya generosidad, no me habría encontrado con la música que me da felicidad, esperanza y paz en un mundo difícil.

Ya les cuento.

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