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Me lo hago fácil

Ángel Dehesa Christlieb

Música de martes- James Moody and His Modernists, con Chano Pozo (1952).

Hace muchos años que decidí asistir a terapia y, hoy en día, continúo en ello.

Después de mucho tiempo y de varios terapeutas, cada uno con distintas escuelas y perspectivas y algunos más profesionales que otros, hay algo que he descubierto y que me ha llevado a vivir considerablemente mejor que antes de descubrirla y aceptarla.

Todos, absolutamente todos, somos producto de una infancia imperfecta, con padres que, en el mejor de los casos, buscaron siempre darnos lo que, para ellos, era lo mejor y más conveniente y, en el peor, no estuvieron o nos maltrataron y complicaron nuestro desarrollo saludable como seres humanos.

Mi caso, afortunadamente, es el primero, pero, también hubo y hay cosas que no me gustaron del proceder de mis progenitores durante mi infancia, adolescencia y juventud.

Fueron necesarios varios años de trabajo interno para que yo me diera cuenta de que lo bueno o malo que mis papás hicieron ya estaba hecho, y de que, si yo quería tener una buena vida, necesitaba asumir que, a estas alturas del partido, me corresponde a mí el perdonar, el dejar de restregar limón en las llagas y, sobre todo, el hacerme responsable de mi propia felicidad.

En esas ando hasta ahora y, con pleno conocimiento de causa, les puedo decir que, aunque cuesta más trabajo que vivir en la eterna queja y dando lástimas, los resultados son mucho más satisfactorios y constructivos.

Por eso a mí se me erizan los pelos de las axilas (en la cabeza no tengo), cada vez que veo a la presidenta o a cualquier político insistir en que “reivindicar la memoria de los pueblos originarios” es mantener las heridas abiertas y negar que México, como la presidenta misma, su patrón de la Chingada y la mayoría de los mexicanos, somos producto de, por lo menos, tres raíces que convergieron en este territorio, hace ya más de cinco siglos.

Que fue un encuentro violento y desigual, lo fue.

Que los mexicas (que no representaban a todos los habitantes del territorio que hoy es México) también eran violentos y sometían a cualquiera que se les pusiera a tiro, también es cierto.

Que, afortunadamente, la visión moderna del mundo ya no normaliza ni alienta (abiertamente, por lo menos) el sometimiento y exterminio de una cultura por otra, pero también que el juzgar actos del pasado desde ópticas actuales es un acto tan productivo como el AIFA, Dos Bocas y el Tren Maya, es igual de cierto.

Mientras los mexicanos y, sobre todo, los que nos gobiernan sigan insistiendo en no reconocer ni asumir nuestra historia e identidad COMPLETAS y, como pasó el fin de semana con Doña Claudia, sigan autonombrándose (sin mediar petición de los interesados), como encargados de “reivindicar y redimir la memoria de los pueblos originarios”, seguiremos en la improductiva victimización y el eterno pretexto.

Doña Claudia…

¿Y si mejor, en lugar de “reivindicar” desde su visión falsa, convenenciera y tendenciosa, se ocupara usted, en el presente, de darles a los pueblos originarios y a todos los mexicanos, las condiciones elementales de salud, seguridad y educación para que nos “reivindiquemos” solitos, como a nosotros nos parezca?

Ahora, si lo que le urge es seguir con su payasada (luego se queja de Trump y del “Golfo de América) de renombrar sitios históricos de acuerdo a lo que, según usted, no debe ser olvidado, le tengo varias propuestas…

¿Le parece que la Línea 12 del metro sea rebautizada como “el convoy de la impunidad”?

O el Memorial del Colegio Rébsamen como “el Monumento al Monje Loco”, porque “nadie sabe, nadie supo”.

O cualquiera de las, cada vez numerosas, fosas clandestinas que las madres buscadoras van descubriendo como “Monumentos a la indiferencia y a la traición”.

Digo, si ya de renombrar se trata… ¿no le parece?

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