Ángel Dehesa Christlieb
Hay noches en las que las musas se rehúsan a comparecer, en parte por cansancio, en parte por emociones encontradas y, en el caso de hoy, sospecho también que por el hartazgo en el que, a ratos, se convierte el vivir en un país en el cual la vida vale tan poco.
En su informe de gobierno, el cual, la presidenta, a pesar de proclamarse amada por el pueblo y cercana a sus electores, decidió hacer en un espacio cerrado, con acceso controladísimo y con aquellos que ella quisiera invitar, no fuera a ser que alguien la mirara feo o le trajera a colación temas que no le interesaba discutir.
Del discurso no les puedo decir mucho, porque no lo escuché todo, lejos está aquel septiembre de 1987 cuando, durante un viaje a Acapulco, me senté junto a mi papá a ver el Quinto Informe de Miguel de la Madrid, del cual tampoco recuerdo mucho, excepto aquel pódium con muchos micrófonos y, no me pregunten por qué, la contestación de Elba Esther Gordillo, a la sazón, presidenta de la Cámara Baja.
En ese entonces, el informe revestía una acartonada y rígida solemnidad, comparable a lo que debe haber sido el encendido del fuego nuevo en el Cerro de la Estrella, cuando, concluido el ciclo mexica de 52 años, con el pueblo en zozobra porque el mundo podría no continuar, los sacerdotes prehispánicos rezaban para que los Dioses permitieran un nuevo ciclo a la humanidad.
El interminable discurso del presidente en turno era analizado y diseccionado por esa raza de lectores de entrañas, llamados “analistas políticos”, de los cuales hay algunos rescatables y otros que nomás les gusta “tenebrear” al espectador, dándole significados “picudísimos” hasta al color de los calcetines del mandatario, si era posible distinguirlo.
Con el tiempo y la lenta y titubeante aparición de la democracia en México, pude ver cosas inéditas, como el que alguien, Porfirio Muñoz Ledo, se levantara en 1988, en el último informe de De la Madrid a “interpelarlo”, cosa que, según el protocolo vigente estaba prohibido.
Meses antes, en las elecciones presidenciales, Manuel Bartlett, hoy protegido bajo el amplio, amplísimo manto de impunidad (es como la capa invisible de Harry Potter, pero hecha en Tabasco) de la 4T, nos hizo ver que, por más que los mexicanos ejercieran su derecho al voto (a mí no me tocaba todavía), se la seguíamos “interpelando” a los dinosaurios, que tiraron el sistema para no irse.
Luego, en septiembre de 1996, el legislador perredista Marco Rascón, se puso una máscara de marranito e interrumpió a Ernesto Zedillo en su segundo informe y, de ahí en adelante, los presidentes ya no llegaban a territorio sumiso en la cámara, lo cual no era del todo malo, aunque las formas de la oposición eran más estridentes que efectivas.
La ceremonia se siguió llevando a cabo, con incidentes e interrupciones cada vez más frecuentes hasta el último informe de Fox, en 2006, cuando los legisladores perredistas tomaron la tribuna, por lo que el chilango naturalizado guanajuatense, optó por entregar su documento, irse del recinto y dar un mensaje privado por televisión.
Desde entonces, los presidentes ya no van a San Lázaro, ni Calderón, ni Peña Nieto lo hicieron, en parte porque sabían el nivel de “legisladores” a los que se enfrentaban y, supongo, que porque ya el discurso monolítico e interminable, en el cual, si te parabas al baño, te arriesgabas a perder tu huesito sexenal se les hacía anticuado e innecesario.
Llegamos a la 4T, cuyos cabecillas (los aparentes y los reales) se dicen “amados y queridos”, por un pueblo que, según ellos, es feliz y les está eternamente agradecido, dicho lo cual, uno pensaría que, dado que, no solo lo hacen todo bien, sino que, además todos los quieren, no entiendo por qué se tienen que esconder tras las vallas del “austero” palacio del cual se apropiaron a la mala.
Señora presidenta, salga de su fortaleza y encare a su pueblo, al verdadero, no a los que le juntan en sus actos para que le aplaudan.
Si vivimos “primavera laboral” (qué concepto tan cursi), bonanza en salud, administramos nuestro poderoso salario mínimo y estamos super seguros (pregúntenle a la familia Meléndez).
¿A qué le tiene miedo?

