Ángel Dehesa Christlieb
“Lo que se nos dé la gana”
El propósito de esta columna jamás ha sido el imponer un punto de vista, no pretendo que todo mundo esté de acuerdo conmigo.
Es más, agradezco infinito a quien, sin estarlo, se toma la molestia de leerme y hacerme llegar su opinión y sus objeciones, siempre que sea de una forma respetuosa y con argumentos válidos.
La columna del 2 de septiembre, en la cual, en pleno uso de mis facultades, con conocimiento de causa y ejerciendo mi libertad de expresión hablé sobre mi papá y las diferencias y desacuerdos que tuve con él, desde un amor filial, más no ciego, fue recibida con opiniones encontradas.
Hay quien se identificó conmigo, hay a quien le pareció muy bueno, hay otros, como mi señora madre, la cual, por supuesto, tiene autoridad y conocimiento suficiente para dar una opinión informada al respecto, que me dijeron “no me gustaron ciertas cosas” y estoy seguro de que habrá a quien le habrá parecido malo o francamente repulsivo.
“El que se sube, se pasea”, como bien me decía un amigo y, créanme cuando les digo que, como alguna vez me lo dijo el propio Germancito, “tú déjalos llegar, porque quien le cae bien a todos, casi siempre no se cae bien a sí mismo”.
Ahora bien, una cosa es saber, aceptar y, aunque no lo crean, apreciar el desacuerdo, porque solo así se aprende y se le abre a uno el cerebro y otra, muy distinta, que una persona que nunca me ha visto en mi vida, se sienta con la libertad y la autoridad de escribirme a mi teléfono personal para decirme, de manera peyorativa “que necesito ayuda de un profesional de la salud mental” la cual por cierto recibo y no creo que sea nada de que avergonzarse y, realmente creo que si más personas lo hicieran, el mundo sería mejor.
Ya encarrerado el moderno Cruz Treviño de la Garza, me voy a obviar el nombre real porque ni al caso, me habló de por qué mis opiniones pertenecían en el “inodoro de mi recámara”, de lo mucho que le gustaban los libros de mi papá y de cómo él (mi papá, no el señor) me “dio la vida” (en el caso de los hombres, creo que el esfuerzo que hacemos para eso es mínimo) y otros argumentos con los que no estoy de acuerdo, pero, muy su bronca.
Como dice Molotov… “no es que no me importe, sino que me …”
Lo que sí me resultó interesante y no de una manera positiva, fue su afirmación categórica de que, por el hecho de haber cumplido 85 años y ser un “adulto mayor”, él y todos los que lleguen a esa edad pueden “hacer lo que se les dé la gana”, sin importar a cuál de sus familiares le moleste.
Además de no estar de acuerdo con la premisa de que el solo hecho de que tener más velas en el pastel de cumpleaños te da carta blanca para ser un pelado, o la autoridad para pontificar sobre algo que no conoces, la afirmación del ocioso octogenario me puso a pensar en cuántas personas se sienten, por alguna razón, con el derecho a “hacer lo que se les dé la gana”.
Hay quienes lo piensan por su color de piel, por los ceros en su cuenta de banco, por estar “del lado correcto de la historia”, por haber vencido una adicción, por su género, por tener una cierta orientación sexual (la que sea), por tener cierto pasaporte, por tener un grado académico, por ser de “derecha” o de “izquierda”.
La lista puede seguir durante horas y horas y seguramente ustedes tendrán más casos, si los quieren dejar en los comentarios.
Será que, si más personas pensáramos que, nada, absolutamente, nada, nos da nunca el derecho de maltratar a otros, o de juzgar desde una superioridad inexistente o de “hacer lo que se nos dé la gana”, sin importar si afecta o no a los demás, el mundo sería un mejor lugar.
Es una idea.

