Ángel Dehesa Christlieb
Triste es el destino de aquel que cree que solo hay una manera de vivir, de pensar o de hacer las cosas, porque quien opera bajo esta premisa se niega a sí mismo la oportunidad de experimentar, saborear y disfrutar de las diversas ideas, sentimientos y formas de la belleza que este mundo puede ofrecerle.
Una amiga que comentó una de estas columnas, me decía, palabras más, palabras menos, que no le gustaba que el 90% de mis escritos fueran “anti 4T”.
Sin que por ello dejemos, espero, de ser amigos y con la certeza de que la diversidad de pensamientos, siempre que sea respetuosa y fundamentada, es el mayor catalizador del aprendizaje y del crecimiento mental, le digo a mi amiga que no soy “anti 4T” y no creo poder serlo nunca.
La razón es muy sencilla.
Alguien me puede decir, de manera precisa y con indicadores tangibles…
¿Qué es, realmente, la “cuarta transformación”?
¿Cómo saber si la estamos consiguiendo?
¿En qué se supone que nos vamos a transformar?
Según la trasnochada narrativa de AMLO y sus corifeos, la “cuarta transformación” viene precedida, en el transcurrir histórico de México, de la Independencia, de la Reforma y de la Revolución.
Cada uno de los movimientos arriba citados, comenzó impulsado por nobles ideales y protagonizado por personajes notables, algunos por su heroísmo, otros por su villanía y, en la mayoría de los casos, por la mezcla de ambas cualidades, las cuales se alternaban en su proceder según la fortuna les fuera siendo adversa o favorable.
Casi siempre y contrario a lo que puede pensarse, la villanía y la mezquindad salía a relucir una vez que la fortuna favorecía y el poder les llegaba a quienes, en principio, se presentaron como “libertadores”, “caudillos” o “depositarios de las esperanzas del pueblo”.
En el caso de la cuarta transformación, no hubo que esperar mucho para que los que se vendían como “luchadores sociales” traicionaran, a punta de corrupción, ostentación y prepotencia, los supuestos ideales de transparencia, austeridad y democracia que pretenden imponernos a todos menos a ellos mismos.
Ellos que, cuando son sorprendidos en alguna incongruencia o hasta en un delito, se escurren como mojarra enjabonada y vociferan que quienes los exhiben lo hacen con “mala voluntad” y porque “perdieron sus privilegios”.
No importa si la falta en la que incurrieron y los cacharon es real o no.
Con todo lo que les he dicho hasta ahora ¿ustedes entienden qué es, con qué se come o de qué color es la 4T?
Yo no.
Lo que sí veo cada día, con evidencias claras y datos duros que desafían la tramposamente optimista narrativa oficial, son los efectos y consecuencias que la imposición de la tal transformación nos ha traído.
Un país inseguro, en todos los sentidos, una forma de ver la política centrada en la lealtad abyecta y no en la capacidad crítica, una incapacidad de reconocer y, por lo tanto, de corregir errores y la prioridad de quienes nos gobiernan centrada en descalificar cualquier discrepancia en lugar de escucharla, evaluarla y usarla para mejorar.
Nada de esto me gusta, ni me parece positivo.
La 4T es para mí como una de esas aflicciones, enfermedades o condiciones que afectan a un organismo, ya sea un individuo o un colectivo, la cual no podemos clasificar o identificar con precisión y solo atinamos a reconocer y combatir los síntomas que causa.
No puedo ser anti 4T porque, siendo muy honestos, yo creo que ni los de la 4T saben lo que es, realmente, la 4T y, si un día creen saberlo, puede ser que cambie al día siguiente para ajustarse a la conveniencia y beneplácito de quienes se han enriquecido, a nuestras costillas, proclamando y defendiendo ideales huecos que ocultan y/o justifican huesos jugosos.
Contra esos últimos, que cada día se dan a conocer con mayor desfachatez, contra lo que pretenden convertir a mi país extinguiendo cualquier asomo de pensamiento crítico y contra la impunidad que buscan adjudicarse para cometer sus perrerías (con perdón de los perros), contra todo eso sí estoy.
Habrá quien no lo esté, o sí, pero que difiera de mí en la manera de expresarlo.
Como ya lo dije, bienvenida sea la discrepancia respetuosa y tolerante, porque sin ella la libertad y la evolución no son posibles.
Yo, como es mi derecho, mi necesidad y mi gana, continuaré escribiendo mis opiniones, que no son absolutas, ni universales… nomás son mías.
Gracias a quienes las leen y las comentan.
(Las opiniones vertidas en esta columna son responsabilidad estricta del autor)

