Ángel Dehesa Christlieb
Recién concluye el partido de la selección mexicana, con en el cual, haiga sido como haiga sido, los seleccionados firmaron una de las mejores, si no es que la mejor participación de la historia de nuestro país en la fase de grupos.
Con nueve puntos de nueve posibles, sin recibir un gol y con la despedida de Paco Memo como colofón, nuestros aguerridos aguiluchos están en la siguiente fase y, con ello, todo un país pasará esta noche del día de San Juan (que no la noche de San Juan), desafiando la lluvia torrencial y arremolinándose alrededor de los monumentos que celebran un presente fugaz y un pasado a los que cada vez, ante la ausencia de un futuro viable o promisorio, nos aferramos más.
Vamos a ver con quién se encuentra la selección en dieciseisavos y si, dependiendo del resultado que obtengan ahí, pueden, por fin, alcanzar el quinto partido y ver cómo los de la cuarta transformación se adjudican, de alguna manera, el crédito.
De eso hablaremos mañana, cuando la hoy cumpleañera presidenta, salga en la mañanera a ondear la bandera, ponerse su playera verde y ver qué tanto jugo le puede sacar a esto.
En una de esas, espera ella, se nos olvida lo del hospital psiquiátrico infantil sin comida, lo de los barriles de petróleo desaparecidos que denunció Barnés de Castro, más lo que vaya apareciendo por ahí.
No va a pasar, doña.
Pero, como ya les dije, de eso, hablaremos mañana.
Hoy quiero expresar mi asombro y perplejidad.
¿Por el pase de la selección?
No, lo que me tiene azorado es el darme cuenta de cómo, después de 52 años de conocer y convivir íntimamente con una persona, resulta que todavía hay aspectos ocultos de ella que nunca esperaste que tuviera.
Hablo de mi madre.
Ya había escuchado ciertas historias, confirmadas por ella, acerca de un pasado turbulento en el que alternaba sus estudios sobre Kierkegaard, Heidegger y Sócrates en nuestra máxima casa de estudios, con la defensa de su campeonato del torneo de vencidas en las “islas” de la explanada, actividad con la que mi papá y sus amigos ganaron pingües sumas apostando por Conchita “Die Deutsche Dampfwaize” Christlieb.
A pesar de ello, yo siempre vi a mi mamá propia, señorial y dueña de sí misma.
Hasta hoy.
Bastaron cinco minutos de partido para que la Licenciada Christlieb se transformara en una fanática vociferante, comparable a cualquiera de esos argentinos que ve uno en Tik Tok gritándole a la tele cuando juega la albiceleste.
Con una voz y unos términos dignos de cualquier director técnico llanero “Die Deutsche Peitsche” instruía, regañaba e insultaba a los jugadores mexicanos cada vez que tomaban la pelota y buscaban aproximarse al área de Chequia.
“No manito, ya tírale, pues qué estás esperando… de veras que no hay manera, seguro tu mamá te tiró de chiquito” y otros epítetos y exhortos que conformaron una diatriba continua, la cual solo se detuvo en las pausas de hidratación, el medio tiempo y las tres anotaciones del Tricolor.
Yo, arrebujado en una esquinita, veía a mi madre ser poseída por el espíritu de Nacho Trelles, la Tota, Tomás Boy y el Piojo Herrera, arengando a los ratones verdes hasta que, finalmente, sometieron a unos muy chimuelos leones de Bohemia.
Al terminar el partido, la dejé en su cuarto, me subí a dormir y, por sí o por no, cerré la puerta con llave… no vaya a ser que le dé al chicote teutón por ponerme a tirar penales en la sala.
Buenas noches a todos.

