Me lo hago fácil

Ángel Dehesa Christlieb

En 1986 yo tenía 12 años, estaba en sexto de primaria, en el Colegio Madrid, muy cercano al Estadio Azteca y los que vivíamos en el entonces llamado Distrito Federal, además de todo el país, esperábamos el Mundial con muchas ganas y mucho gusto.

Jamás pensé ser uno de esos cincuentones que cuenta historias al tenor de “todo tiempo pasado fue mejor”, pero, pues aquí estoy, sentado en la mecedora con mi tecito en una mano y mis sobrinos a mi alrededor, recordando tiempos idos, goles anotados y campeonatos conseguidos (no por México, claro).

Creo que la ocasión lo amerita.

Si comparo los dos mundiales que me ha tocado vivir en México, por lo menos en lo que ambos han generado antes de comenzar, el del 86 fue mejor, no por el hecho de ser el pasado, sino por lo que el torneo se ha convertido en el presente.

El futbol, por definición, es o debería ser, un deporte popular.

No se requiere gran cosa para practicarlo, solo una pelota, dos piedras, sweaters o lo que haya para marcar la portería, tampoco necesitas de tener un cuerpo especialmente atlético, ni medir dos metros, pregúntenle a Maradona y a Pelé.

Qué bueno que, hoy en día, los jugadores, que son los que protagonizan el juego, tienen más protección para sus derechos y ya no es tan fácil (por lo menos en los altos niveles) que los vendan y compren como mercancía, aunque, como en muchos aspectos del quehacer humano, aquellos que se sienten los dueños de la pelota encuentran la manera de que sea el consumidor final quien pague cualquier gasto adicional que se genere.

En el 86, mi papá pudo llevarme a dos partidos, porque le regalaron los boletos, uno fue el Alemania contra Dinamarca en Querétaro (mi primer encuentro con el monumento a Conín) y el segundo, la final, en la que nunca encontramos nuestro asiento y acabamos sentándonos en una escalera, sin ver mucho del partido, pero participando de la alegría de los argentinos que se dieron cita para ver el mayor momento de gloria de Maradona.

Más allá de lo vivido dentro de los estadios, el Mundial 86 sí se sintió como de México.

Desde un disco que de tan malo era memorable, el cual contenía una horrorosa canción: “El Equipo Tricolor”, grabada por los integrantes de nuestra selección, cuyo lado B era un esfuerzo solista de Hugo Sánchez, quien berreaba con voz de muppet un esperpento melódico titulado: “Tras un balón”, pasando por el comercial de Carta Blanca con la canción de Chiquitibum, cantada por Nacho Golacho, el cual le dio sus 15 minutos de fama a la actriz Mar Castro, hasta el chiste de “por qué los aficionados hacen la ola… porque va corriendo Pique por debajo.”

A lo mejor no era lo más elegante, pero reflejaba la realidad y el espíritu de un país en el cual, un poco por irresponsables y un mucho como mecanismo de defensa ante los embates de un príismo que, en ese entonces, aún no se pintaba de guinda, pero era harto pernicioso, nos tomábamos todo a chunga.

Este Mundial no es de México, ni de Canadá, ni de Estados Unidos.

Es de la FIFA, un ente al cual se le han comprobado una y otra vez instancias de corrupción y, a pesar de ello, las grandes figuras como Joseph Blatter y Platini nunca pisaron la cárcel, pero, eso sí, exigen total corrección política, sanitización y respeto a sus derechos de propiedad.

Los Mundiales se han vuelto una especie de festival del balón, al cual solo pueden acceder los que tienen mucho dinero o quienes están dispuestos a empeñar un riñón, porque la FIFA cobra lo mismo por ver un Cabo Verde vs Uruguay que un Alemania vs Francia.

La organización tripartita es, probablemente, la única manera de satisfacer las exigencias del voraz Gianni Infantino, el cual demostró a qué niveles está dispuesto a hundirse cuando le inventó su “premio de la paz” a Trump y cómo se pasa por debajo del travesaño aquello de no permitir que la política contamine el espíritu de unión y fraternidad del torneo.

La FIFA se apropió, ya de forma descarada, de lo que antes era un deporte de todos y ya nos dice cómo, dónde, cuándo y en qué dirección debe rodar el balón.

Y a mí no me parece.

Si además le añadimos un país dividido, con una presidenta que confunde las funciones de jefa del ejecutivo con las de matraquera y defensora de su partido, con desaparecidos y muertos que se acumulan cada día, con una jefa de gobierno de la CDMX que nos manda a casa porque la fiesta no es para nosotros, la cual prefiere pintar de morado las bardas que arreglar las escaleras del metro o trabajar en la seguridad de las mujeres en la capital…

Yo me quedo con el de 86.

¿Ustedes?

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